La fruta prohibida

Por Martha Robles

Encontrar la media naranja parece una búsqueda perdida. El problema principal radica en buscar precisamente a quien deseamos como pareja, a aquella que se adapte plenamente a nuestras necesidades.

A veces, también queremos pensar que la indagación puede comenzar en otro lugar porque esta tierra resulta infértil y aún así estamos muy equivocados. Y sin ir tan lejos, la exploración debe y tiene que empezar en nuestro interior.

Cuando una persona goza de buena auto estima, no sólo recibirá su media naranja, sino la naranja completa como acertadamente comenta Esther en su editorial. Esto nos indica que siempre debemos pedir más en cualquier ámbito de nuestra vida.

El trabajo interior del que hablo comienza por conocer nuestra propia historia y aceptarla. Se trata de observar desde otra perspectiva nuestra existencia, como un espectador que ve la película de su vida: el lugar de donde provenimos, la infancia que tuvimos, la relación de la que gozamos o no con nuestros padres y hermanos, de la relación actual que tenemos.

Esta fase es tan importante que nos ayudará a comprender por qué escogemos mal o nos comportamos de una manera u otra. Es abrir los ojos ante conductas o comportamientos que no toleramos desde el seno familiar y terminamos imitándolos o aceptándola en nuestra vida actual, en el trabajo, en la pareja, en los hijos.

Romper con estas cadenas o con ciertos patrones nos conducirán por el camino que realmente deseamos seguir. El trabajo es arduo y sinuoso pero la primera parte estará casi completa cuando empecemos a encontrar explicaciones y razones a nuestra forma de ser y de actuar.

Hace unos días leía a Rosa Montero, una renombrada periodista española que escribía en su columna dominical sobre “Lo bueno y lo mal del sexo”, un tema que está plagado de tabús al igual que el de encontrar pareja. Y es que siempre estamos buscando la perfección en la otra persona y valdría la pena preguntarse si nosotros somos perfectos.

Pensar así dificultará la búsqueda ya que este concepto no existe, nos ha sido impuesto por los medios impresos y audiovisuales. Es la venta de idilios, del amor eterno, del hombre de nuestros sueños, del sexo arrebatador, la familia feliz, y sólo son, como Montero lo describe, imágenes irreales o representaciones artificiales, aunque la escritora los aplica particularmente al sexo, yo me he tomado la libertad de llevarlo a otros ámbitos.

El punto es plantarse en la realidad, conocer nuestros propios defectos y saber lidiar con ellos porque la otra persona no es la que nos elige, nosotros la elegimos a ella. Sólo hay que darse cuenta. Nadie nos obliga a mantener relaciones tormentosas, faltas de amor, de seguridad, de afecto, y mucho menos a creer que la media naranja es una fruta prohibida que sólo unos cuantos pueden obtener. Sólo basta averiguar por qué no la tenemos.

Recordemos que nadie puede hacernos sufrir. Para dejar de ser víctimas de nuestras circunstancias externas hay que promover el desarrollo personal y así ser responsables de nuestro propio bienestar.

 

Ediciones