La divinidad de los hombres.

Por Deborah Legorreta

"El hombre grande hace lo justo

El hombre pequeño hace lo redituable" Confucio

Decir que los hombres son divinos no se refiere solamente al aspecto físico de algunos de ellos que nos hacen suspirar por su guapura. La divinididad de los hombres hace alusión a lo sostenido por todas las religiones y algunas de las filosofías psicológicas, tales como la iniciada por Carl G. Jung, en el sentido de que la esencia, alma, espíritu o Self proviene de ese gran arquetipo llamado Dios.

"A su imagen y semejanza" dice el Génesis que fué creado el hombre, aunque podemos sostener también lo contrario: que todos los dioses han sido creados por los hombres y por ellos les han atribuído tantas de las características humanas más importantes.

Independientemente de las creencias religiosas personales o carencia de ellas, existe un vínculo indisoluble entre el hombre y esta esencia espiritual interior que se hace más presente en algunos momentos, sobre todo en aquellos cuando la rutinaria vida cotidiana con sus numerosos ruidos se acalla.

Es entonces, en esos brevísimos instantes silenciosos cuando el Self aprovecha para preguntarnos acerca del sentido más profundo que estamos dando a nuestras vidas y nos sugiere ideas para ser más auténticos, espontáneos, valientes y profundos a pesar de que la sociedad nos invite a lo contrario.

De hecho, a los hombres en las sociedades modernas se les estimula desde la niñez para que sean competitivos, agresivos y populares aún a costa de la hipocresía, pero sobre todo, exitosos sin importar cómo logren dicho éxito.

Conforme avanza su vida, ese niño a quien se le instruyó desde fuera a considerar poco varonil cualquier manifestación espontánea de sentimientos tales como la gentileza, la sensibilidad, el temor, el cariño corporal o el dolor físico, aprenderá a acallar la voz interior de su divinidad por considerarla, paradójicamente, la de su debilidad o falta de hombría.

El niño se convertirá entonces en un desalmado que nos sorprende cuando aplica la misma frialdad mezquina a sus relaciones afectivas que a sus interacciones de negocios.

Un hombre capaz de agredir física, intelectual o psicológicamente a los demás porque se agrede a sí mismo siempre a través de su indiferencia ante su propio cuerpo, sus propios valores y su propia esencia.

Hetero, homo o bisexual, se relacionará con su pareja como el macho que pretende dominar al otro como mecanismo enfermizo para sentirse valioso. Medirá el valor de sí mismo y de los demás en función de lo redituable; esto es, del volátil precio mercantil que su comunidad le asigne.

Sin embargo en la madrugada de cualquier noche, su divinidad le recordará que la manera de ser valioso es justo la contraria y tendrá que hacer lo justo que significa liberarse y liberar a los demás de su ser falso para rescatar esa esencia auténtica que permanece atrapada en el expediente más profundo de su mente desde que era un niño.

Si decide no escuchar, muy probablemente su Self tendrá que seguirle hablando, cada vez más fuerte, cuando lleguen las pérdidas de todo aquello que él consideraba tan valioso: su dinero, su prestigio, sus contactos o su bienestar físico, en general fincados todos éstos supuestos tesoros en esa vida falsa y sin alma que ha llevado.

Pero cuando el hombre acepta escuchar ésta voz y se permite experimentarse como un ser más espontáneo, auténtico y sensible, el primer sorprendido por lo bien que se siente es él mismo.

Un abrazo sincero o un simple paseo por un parque a media tarde le provocarán un placer insospechado y su llanto conmovido al experimentar un sentimiento intenso le ofrecerá esa relajación que ha estado buscando en vano a través del alcohol, de las drogas, del sexo o de los deportes.

A partir de ese momento buscará provocar el diálogo interior con su propia divinidad a través de la meditación, la reflexión, el arte o los simples momentos de soledad silenciosa en la naturaleza. Y sonreirá asintiendo cuando alguien le diga que es divino porque sabrá que es cierto.

 

 

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